lunes, 14 de diciembre de 2015

DE BUROCRACIA A WELLINGTON… Y TAMBIÉN A CENAR BIEN

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Con los pasaportes a punto de caducar no se puede estar, eso lo aprendimos en Tonga. Por mucho que el pasaporte tenga una fecha de caducidad determinada, la gran mayoría de países lo considerarán inválido si se encuentra en los últimos seis meses de vigencia. ¿Por qué? Pues no lo sé, ¿Por qué separado se escribe todo junto y todo junto se escribe separado? Pues lo mismo.

En fin que fuimos a Wellington a renovar los pasaportes y también a ver a Javi, nuestro amigo gaditano que nos acogió en su casa, igual que la primera vez que estuvimos en la capital de la Tierra Media.

Wellington volvió a gustarnos mucho, es como un pequeño Melbourne inmerso en un huracán constante. Y Melbourne nos gusta, no habríamos vivido ahí durante casi un año si no nos gustase, creo yo.



Paseamos por la zona hipster de Newtown donde Marina encontró la tienda de ropa de segunda mano de sus sueños. Entramos y, cual soldado herido en una batalla, se sumergió en una montaña de zapatos y me gritó “¡Sigue sin mí, sálvate tú!”



Acabé esperándola porque de tanto caminar con botines a los que no estoy habituado se me hizo una ampolla gigantesca en la planta del pie izquierdo. No en un dedo o en la parte de atrás del talón, en la planta. Y claro cuando te sale una ampolla en la planta del pie pues empiezas a caminar raro. Y el resultado de esos andares extraños es dolor en la cadera, en el trocánter para ser más exactos. Y el miedo de desarrollar una bursitis está ahí, susurrándote al oído. Y, años después, cuando alguien te pregunta por qué usas el ascensor en lugar de subir por las escaleras, no quieres verte obligado a responder “porque hace años me salió una ampolla en la planta del pie”. Y todo esto lo pensé en un microsegundo. Así que me quedé en la tienda viendo como Marina, con los ojos inyectados en sangre, alcanzaba el Nirvana zapatero. También se compró un cinturón.



El plato estrella, y nunca mejor dicho, de nuestra visita a Wellington fue el regalito que nos hicimos. Nos vestimos bien, por los pies, y nos fuimos a cenar al restaurante Hippopotamus donde hacen un tipo de cocina muy parecido al nuestro en Blanket Bay.

Escogimos el menú degustación de cinco platos y postre, que pasamos a describir por eso de poner los dientes largos a la amplia audiencia de este blog.

Llegamos al restaurante, situado al lado del museo Te Papa, junto al mar. Es nuestro museo favorito de Nueva Zelanda. No porque la entrada sea gratuita, que también, sino porque tienen una exposición permanente de animales marinos muy bonita. Fuimos también a la exposición sobre la batalla de Gallipolli de la primera guerra mundial en la que, de los 4000 neozelandeses que fueron, murieron 3900. Los dioramas están hechos por la empresa Weta, que pertenece a Peter Jackson, y es la que hizo todo el atrezzo para El Señor de los Anillos y El Hobbit.

Vuelvo al tema de la cena, que me he distraído. Todos los camareros eran franceses y tenían un gran sentido del humor. Empezamos la cena con un Amuse Bouche consistente en una panacotta de espárragos, con crujiente de chalotes y jamón parmesano. Para acompañarlo nos dieron un té de jengibre, piña y limón.

El primer aperitivo fueron migas de olivas Kalamata, queso Feta, remolacha en vinagre y gel de limón. La remolacha estaba buenísima, pero claro cualquier cosa en vinagre está rica. Como los boquerones, el atún o los mejillones.

El segundo aperitivo consistió en salmón curado, segmentos de naranja y pomelo y puré de coliflor. A ninguno de los dos nos gusta el salmón cuando estamos en España, pero la verdad es que aquí, en el hemisferio sur, el salmón tiene un sabor distinto. La textura no es tan aceitosa y el sabor es suave.

El plato principal de pescado fue jurel con hinojo curado en coco, puré de calabaza, croqueta de anguila ahumada y patata. Estaba muy bueno aunque se pasaron con el humo en la anguila.

Para limpiar el paladar antes del plato de carne nos trajeron un sorbete de fresa con espuma de coco y menta que estaba puesto en un cuenco con hielo seco en el fondo. El camarero le echó agua y aquello empezó a humear que daba gusto. Buen espectáculo.

El plato de carne consistió en venado con salsa de caramelo salado, suelo de caco y chile, ciruelas escalfadas, remolachas y salsa de vino tinto. Estaba riquísimo. El chocolate y el caramelo salado iban muy bien con el sabor intenso del venado.

El postre fue un poco pobre, pero nos gustó igual. Fueron dos profiteroles con helado de chocolate blanco, una tuille de sésamo y salsas hechas con diferentes chocolates.

Muy buena cena, la verdad. El resto de comidas y cenas también estuvieron muy bien. En concreto unas hamburguesas que nos comimos con Javi en un “restaurante” en un aparcamiento cuyo dueño empezó hace años cocinando para los surfistas en la parte de detrás de su furgoneta.

Nos despedimos de Wellington y volvimos a Queenstown en el vuelo más movido de nuestras vidas. Tanto que el comandante nos avisó, al despegar de Christchurch, que las asistentes de vuelo se iban a quedar sentadas durante todo el viaje porque caminar por la cabina iba a ser arriesgado. Menudos saltos que dio el avión.

Enrique & Marina


English version
SORTING OUT PAPERWORK IN WELLINGTON… AND TREATING OURSELVES WITH DINNER



It’s very inconvenient to have your passport about to expire, we learnt that when going to Tonga. Even though passports have a fixed expiry date, most countries take travel documents as invalids when that date is in six months or less. Why is that? Who knows.
Anyway, we went to Wellington to organise some new passports for both and also to visit Javi, our friend from Cadiz who opened his house for us like the first time we stayed in the Middle of the Middle Earth.

We found Wellington great again, it always feels like a little city of Melbourne immersed in a constant hurricane, bubbling with culture and smelling like freshly brewed coffee.



This time we visited the hipster neighbourhood of Newtown where I found the best op shop in the world. The profits were going towards animals and, besides the usual stuff, they even had a section with leaflets about Maori history and other politics related information. That was actually pretty handy since I like second hand clothing and Enrique like history, so the shop was the perfect match for us.



I have to say it took me longer to browse over all the wonderful dresses and shoes than it took Enrique to have a look to all the papers. However he waited for me. Not only because he’s such a good boyfriend but also because after all the walking we did he got a blister in the sole of his left foot. Not in one of his toes or the heel, in the sole which is very painful and awkward. Thus, at this point, he was starting to walk a bit funny and who wants to get an injured hip because of a blister in your sole. For this reason he didn’t complain about having to wait for me, he was too busy complaining about his pain instead. But what really matters is that I bought an awesome pair of wedges for $5, a skirt for $4 and a belt for $1.



But what really was the main course of this trip (literally) was a little gift that we made ourselves. We got dressed up and went for dinner to the Hippopotamus where they serve fine food similar to what we serve at Blanket Bay.

We choose the 5 course degustation menu, we’ll tell you what we got shortly just to make you jealous.

The restaurant, which belongs to the Museum Hotel is located in front of the Te Papa, by the sea. Allow us here for a little digression. Te Papa is our favourite museum in New Zealand, not only because there’s no entry fee (which we love) but also because it’s got a permanent exhibition on marine animals that we really like and always visit. This time, there was also a display on the Gallipolli battle set during the World War II in which 3900 New Zealanders out of the 4000 tropes sent died. Peter Jackson’s owned company, Weta, had done the dioramas and that’s the same company that did the atrezzo for The Lord of the Rings series and The Hobbit.

Back to the main topic now. In the restaurant all the waiters were French and had a great sense of humour. We started our dinner with an Amuse Bouche of asparagus pannacotta, crispy shallots and Parma ham. It came matched with a ginger, pineapple and lemon tea in a tiny glass.

Our first appetiser was feta cheese with Kalamata olive crumbs, pickled beetroot and lemon gel. Enrique loved the pickled beetroot but of course he loves anything that it’s been sitting in a ton of vinegar, like anchovies, tuna, mussels or even beetroot in this case.

Our second appetiser was cured salmon with orange and grapefruit segments and cauliflower purée. Neither of us likes salmon when in Spain, but here in the Southern Hemisphere, it honestly tastes different. It doesn’t have such an oily texture and the taste and definitively the smell is milder.

Then, our main fish course was kingfish with coconut cured fennel, pumpkin purée, smoked eel and potato croquette. We loved that meal although we thought that the smoky flavour was taking a bit too much over in the croquette.

After that we had a palate cleanser preceding the meat main course. That was a delicious strawberry sorbet with coconut espuma and mint served on top of a bowl with dry ice. Our waiter poured some water over the ice and the little plate started smoking hard. It was a great performance.

The main meat course was venison with salted caramel sauce, cocoa and chilly soil, poached prunes, beetroot and red wine sauce. It was amazing. The caramel and the cocoa worked really well with the rich gamey flavour of the venison.

Finally, the dessert was a bit scarce but not less delicious. We got to profiteroles with white chocolate ice cream, sesame tuille and two different chocolate sauces.

Summarising, it was a great dinner. The rest of our meals during those three days were great, too. Javi took us to a burger place located in an old carpark. The owner started cooking burgers at the back of a van and selling them to the surfers in the beach and eventually he moved his business to the city and made a rather interesting and ever-changing place.

We said “see you next time” to Wellington and went back to Queenstown in the bumpiest flight we’ve had in our lives. It was going to be so rough that the captain told all the passengers just after leaving Christchurch that the flight attendants will remain in their seats with their belts on because walking around the plane would be unsafe. And it sure was when the plane was jumping up and down in the air like a frog.

Enrique & Marina

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